FOTO: Valeria Vicente

La prolongación de la pandemia del Covid-19 ha supuesto un cambio drástico en los hábitos y rituales con los queafrontábamos la pérdida de un ser querido. El aislamiento social y la imposibilidad del contacto físico limitan elsoporte psicológico y emocional que profesionales, familiares y amigos brindaban a los deudos. En este contextomarcado por la distancia, la población infantil y adolescente es la más afectada y, en no pocos casos, hoy el dueloes una experiencia no solo tortuosa sino también solitaria.

En la memoria de Salma ha quedado grabado el último día que vio a su abuela Elvira. Tenía setenta años y su salud sehabía deteriorado progresivamente: le costaba dar un paso sin agitarse y la tos y los dolores musculares terminaron porpostrarla en la cama. Aquel día, los tíos y primos que vivían en el edifi cio familiar se reunieron a su alrededor y guardaronsilencio mientras la contemplaban con preocupación. La pequeña Salma, con apenas siete años, miraba oculta detrás laspiernas de su mamá y sentía una premonición: en realidad era una despedida. Al día siguiente la prueba molecular arrojópositivo para Covid-19. Dos días después, internaron a la abuela en el Hospital Rebagliati.

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