Un caballo blanco con el cuello cercenado a cuchillo en la entrada de un pueblecito de Kosovo devastado por la campaña de limpieza étnica del ejército yugoslavo y los paramilitares serbios. Una antigua abogada de Bagdad que perdió la razón tras ser torturada y encarcelada por el régimen de Saddam Hussein. Una viuda de Srebrenica que llora ante la tumba de su marido, asesinado por las fuerzas serbobosnias diez años atrás. Unos chavales palestinos que juegan a futbol cerca del muro infranqueable que separa Cisjordania de Israel y tienen la mala suerte que la pelota se les cuela en tierra confiscada y patrullada por soldados. 

Son historias reales que sucedieron a gente sencilla y corriente. Son las historias que cautivaban y sobre las que Ana Alba escribió decenas de reportajes, cubriera lo que cubriera y trabajara por su cuenta o en plantilla: la postguerra de Bosnia y la guerra de Kosovo en los 90; la invasión de Irak, la independencia de Montenegro y la de Kosovo y las protestas opositoras en Irán en la primera década de siglo; el conflicto palestino-israelí desde el 2011. Historias pequeñas que devolvían la dignidad a sus protagonistas y por las que recorría kilómetros, visitaba lugares remotos y cruzaba muros y controles militares, incluso cuando su salud y un sentido común menos valiente y apasionado hubieran aconsejado que se quedara en casa a salvo tras la pantalla del ordenador.

Ana Alba estudió periodismo en la UAB y, no mucho tiempo después de licenciarse,  empacó sus bártulos y se fue a los Balcanes a echar una mano e informar de lo que sucedía. Yugoslavia se había desmembrado y había dejado de existir y Bosnia se empezaba a recuperar apenas de las heridas de la guerra. Seguro que fue una buena estudiante y habría podido ser una gran profesora. El tipo de periodismo con el que se comprometió, anclado en la humanidad, la generosidad y una tremenda empatía, es el que deberíamos aprender y enseñar todos.

Ana Alba ha sido grande mostrándonos cuan pequeños somos, afirmaba una amiga tras su muerte. Ha desarrollado un periodismo exquisito y, a la vez, puntilloso y equilibrado, comentaba otro colega y amigo. No hace falta adornar la realidad, dicen que dijo ella. La realidad, y tenía razón, se delata siempre a sí misma. Basta con observar, escuchar y contarla con honestidad. Basta con ser consciente y no olvidar que el periodismo es una responsabilidad y tiene consecuencias.

Me preguntaron en Somos Periodismo si para ejercer el periodismo hay que tener pasión por este oficio, como Ana Alba la ha tenido. Ella quizá contestaría que hay que tener pasión por la vida. Los periodistas como ella no desconectan jamás, se trabaja para vivir pero, sobre todo, se vive trabajando. No mucho antes de que el cáncer acabara ganándole la partida, Ana mandaba crónicas para el periódico y la radio desde el hospital en el que estuvo ingresada en Barcelona. Nadie que la leyera o la escuchara podía imaginarlo, pero las escribía al límite de sus fuerzas, con una mala conexión a internet y aislada de visitas y abrazos amigos a causa del maldito coronavirus. Es lo que la conectaba a la vida, quizá más que las decenas de mensajes que le mandaban a diario tantísimas personas que la querían desde tantísimos sitios.

Queda poco por decir que no se haya dicho ya de ella en todos los textos preciosos que se han publicado tras su muerte y que dan la medida de lo muy querida y valorada que fue ahí por donde pasó: Ana ha sido modesta y humilde en una profesión que cultiva la vanidad; rigurosa y perfeccionista en un oficio en el que cada vez más se opina sin pensarlo dos veces; valiente y atrevida en un mundo plagado de riesgos y temores; comprometida y coherente en una sociedad que se atraganta de actualidad y olvida lo pasado y lo aprendido. La suya es también una sencilla enorme historia que merece ser contada muchas veces.