Donald Trump hablando con sus seguidores en el mitin "Keep America Great" en el Coliseo Conmemorativo de Veteranos de Arizona en Phoenix, Arizona (feb – 2020) | Gage Skidmore

La decisión de interrumpir la rueda de prensa de Trump por parte de las cadenas televisivas ABC, CBS y NBC supone un punto de inflexión en la tolerancia a la desinformación

La respuesta de algunas cadenas como ABC, CBS y NBC cuando dejaron de emitir el discurso de Trump en directo, ha significado un antes y un después en el papel de servicio público que deben jugar los medios de comunicación. Ya es hora de que la ciudadanía americana y toda la sociedad diga “se acabó”. No se puede tolerar que un presidente utilice los medios para propagar Fake news y se le dé “vía libre” para su objetivo: desinformar. Esta vez, el rechazo de la prensa ante las palabras de Trump fue contundente. Incluso John Roberts, corresponsal de la Casa Blanca para Fox News, afín a Trump, reprochó las palabras del presidente “No hemos visto nada que constituya un fraude o un abuso del sistema”. La decisión de cortar la emisión de la rueda de prensa ante las mentiras de Trump fue la mejor de las decisiones. El problema es que esa decisión llega tarde, muy tarde. 

El voto por correo de las elecciones a la presidencia de Estados Unidos ha puesto contra las cuerdas a Donald Trump. Él, por ahora presidente norteamericano hasta el 20 de enero de 2021, se ha visto abrumado por la remontada en el recuento de votos que alcanzó su competidor Joe Biden en la carrera para alcanzar la Casa Blanca. Algunos de los estados claves donde parecía que el candidato republicano acapararía la mayoría de los compromisarios han cambiado las tornas en los días posteriores a la jornada electoral. Georgia (49,5% de los votos) y Pensilvania (49,7% de los votos) se tiñeron del distintivo azul del partido demócrata con un 99% de escrutinio en ambos Estados. Apenas unos pocos votos otorgaron a Biden la presidencia con 270, pero poco a poco alcanzó los 290 compromisarios y se estima que pueda superar los 300. Con los números en contra, Donald Trump ha vuelto a alardear de lo que le ha caracterizado durante toda su legislatura; la difamación, la provocación y la desinformación

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Él siempre ha procurado marcar la agenda pública, incendiar y polarizar a la sociedad americana – con éxito –.  Ahora lo hace incluso con más motivos porque empieza a verse fuera de su Casa Blanca. Ante los acontecimientos, decidió utilizar su último cartucho y comparecer en una rueda de prensa en el segundo día de escrutinio después de los comicios. En su alocución acusó al sistema electoral de “corrupto” y alegó un “robo” en las elecciones. Una vez más, sin pruebas. Trump afirmó que “si los votos legales se cuentan, claramente gano yo. Si se cuentan los ilegales pueden robarnos las elecciones”. Con estas declaraciones trató de convencer a una parte de su electorado que quizás desconoce el funcionamiento del recuento de unas elecciones democráticas. Los votos por correo son los primeros en emitirse y, en algunos Estados, los últimos en contabilizarse. El recuento del voto presencial se efectúa primero mientras terminan de llegar los votos por correo – emitidos en el plazo permitido para ello, según la propia ley electoral – hasta que se cierra la jornada de votación. Una vez llegados a este momento, empieza el escrutinio. Una democracia como la estadounidense goza de todas las garantías para que se cumplan unas elecciones legítimas y sin fraudes. El problema en estas elecciones es que Trump sabía que su electorado es más propenso al voto presencial que al voto por correo a diferencia del electorado demócrata. La pandemia quizás también ha acentuado esta tendencia del voto por correo frente al voto presencial para evitar aglomeraciones. A este aspecto podemos añadir que una parte del electorado “negacionista” aboga por el partido republicano. Por esa misma razón Trump empezó ganando con el escrutinio del voto presencial y a medida que pasaron los días, el voto por correo le dio la ventaja a Biden. El candidato a las primarias del partido demócrata, Bernie Sanders, también sabía que el voto por correo beneficiaría a Biden y que Trump no lo aceptaría. Resulta asombroso ver como en una entrevista que realizó con Jimmy Fallon dos semanas antes de las elecciones, acertó uno a uno todos los acontecimientos que se han ido sucediendo. 

Las difamaciones incendiarias de Trump calaron en buena parte de su electorado durante toda su legislatura. Tras los días posteriores a la jornada electoral, algunos grupos minoritarios afines a Trump se echaron a las calles para defender las palabras de su presidente. Hubo casos aislados, en algunos Estados, en los que instigaron a los votantes demócratas y además decidieron portar sus armas para intimidar el recuento de votos. Pero es que esto no sorprende, no es nuevo. El problema es que se ha normalizado. Los movimientos sociales de los últimos años, la pandemia, la desinformación y la falta de pensamiento crítico, ha desembocado en una polarización en la sociedad americana.  

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Combatir la desinformación, sobre todo cuando viene del poder político, es una tarea de la que los medios de comunicación deben responsabilizarse. Los medios deben tomar la iniciativa informativa frente al auge de las redes sociales para formar una ciudadanía con pensamiento crítico que la empodere y le haga cuestionarse el mundo que le rodea. No se le puede otorgar la máxima credibilidad al representante con más poder geopolítico y económico del mundo por el simple hecho de ser el presidente de los Estados Unidos. Cortar la emisión de la “pataleta” de Trump y dirigirse a la audiencia diciendo alto y claro “Esto que está diciendo el presidente de los Estados Unidos es mentira y no lo podemos tolerar” es algo que deberían haber hecho mucho más a menudo, mucho antes. Todavía estamos a tiempo de hacer las cosas mejor, de darnos cuenta de que hay cosas que no se deben tolerar, aunque estén amparadas en la libertad de expresión. Los medios deberían empezar a cuestionarse cuál es el papel que quieren adoptar para el progreso y la mejora de una sociedad más libre y menos desinformada.