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Texto de Angie K. Peña

Fotografías de Karina Jácome

Transcripción de Ángela M. Peralta

Como las vías del ferrocarril que se cruzan entre sí, las vivencias de los protagonistas de esta historia se entrelazan en la terminal de trenes, ubicada en el punto más neurálgico de Barcelona.

Como si se tratase de un invierno primaveral, un reluciente sol se esparce sobre una de las entradas a la estación de Plaza Cataluña, en Barcelona, durante la última semana de febrero. Son las 10:02 de la mañana y en este cálido día, el mismo sol radiante saluda y despide a quienes recorren esta estación, que lleva el nombre de la plaza más emblemática de la Ciudad Condal, en la que paran diferentes líneas de metro, trenes y ferrocarriles.

Entre uno de los largos túneles que atraviesan uno de los subsuelos de la plaza, se encuentra Elena. Lleva 12 años allí, ubicándose a un costado del pasillo que enlaza con la estación de ferrocarriles catalanes, que conforman la línea de Barcelona al Vallés. Sobre su silla de ruedas, acude a diario a la concurrida estación y ve el pasar de cientos de personas, mientras que ella permanece allí en busca del sustento para una vida mejor.

Elena es una madre que lleva 12 años en la puerta de la estación de FGC.

Con 37 años de edad y padeciendo Charcot Marie Tooth — una enfermedad genética hereditaria que afecta el sistema nervioso —, Elena cuenta que llegó hace más de una década a la ciudad procedente de su país natal, Rumania, en busca de sustento para su familia, y sobre todo para su hijo de 12 años con autismo, llamado Ioan Thomas. Desde entonces su lugar es la estación y su trabajo es pedir donativos a los viajeros. “Este es mi sitio hace mucho tiempo, con el dinero de los donativos pago una terapeuta particular para mi hijo, cada mes pago 500 euros, y por eso estoy cada día aquí”.

La mayor parte del tiempo de Elena se ve suspendido dentro de la estación de tren. “Hay gente que pasa por aquí y no me da ni 20 céntimos, pero hay personas que vienen por mí.” Con esto ha logrado ser popular y hacer muchos amigos. “En esta estación encuentro mucho amor de la gente” expresa, mientras camina hacia ella, una de las personas que llama amigo.

Se trata de Ernest, un barcelonés de origen argentino. Este economista arriba habitualmente desde Muntaner hasta Plaza Cataluña para hacer transbordo con destino a Poble Sec y tomar sus clases de pintura en Paralelo. “Ella es toda una institución aquí, en esta estación”, dice Ernest refiriéndose a Elena, mientras continúa su camino con una sonrisa en su rostro.

Suena el molinete de acceso a los andenes y Ernest desaparece entre la gente que se dirige hacia los trenes. Y también lo hace de la vista de Eduardo, vigilante de la estación de Plaza Cataluña desde hace 7 años. A través de sus lentes y vestido con un traje azul con rayas reflectantes, el vigilante ve transcurrir sus horas y sus días en esta estación, en la que trabaja por la seguridad de los usuarios.

“Dependiendo de los días y de la cantidad de gente que entre, se me hacen más largos o más cortos los días aquí. Desde la pandemia, la cantidad de gente ha bajado bastante”, cuenta Eduardo, mientras recuerda jocosamente los días de descanso en los que también ha pasado por la estación, pero en esas ocasiones como un usuario más.  

Fue un diciembre de 1924 cuando la estación Plaza Cataluña abrió sus puertas para servir como puente, conexión y paso para miles de personas de todas partes del mundo. Estudiantes, trabajadores, empresarios y turistas, entre otros, se pueden encontrar al llegar a la estación, algunos con mucha prisa, cargados de maletas y hasta de sus animales domésticos.

Escaleras mecánicas vacías lejos de la hora punta.

Con 18 años, Paula trabaja en la ONG Acción Contra el Hambre  —se encarga de llevar alimentos a los niños pobres en África, a través de donaciones —. Es su primer trabajo y lo compagina con sus estudios. “Me llena salvar la vida de una persona con mi trabajo, este mes hemos conseguido 2500 euros y las personas que más ayudan son jóvenes que están conscientes de la situación”.

Por su parte, Catherine llegó desde Colombia y lleva 3 años en Barcelona. Toma el ferrocarril a diario para ir a su trabajo en Putxet aseando una casa y asegura que puede permanecer hasta 2 horas al día en el transporte público. “El tren me marea y casi no puedo coger el teléfono, me gusta Barcelona, aún me queda mucho por conocer”, dice la colombiana.

Catherine, Paula y Ernest ya han cruzado el túnel hacia los ferrocarriles y han pasado el molinete de acceso, cumpliendo con su paso matutino por la estación. Elena y Eduardo, como un tren subterráneo aparcado en su andén, siguen trabajando suspendidos en Plaza Cataluña, mientras que afuera de la instalación ferroviaria continúa el inusual paisaje primaveral en época invernal.

Salida del FGC a la calle Pelayo.

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